jueves, 23 de agosto de 2018



“Adela y los calcetines desaparecidos”
Editorial Amanuta

Este relato que nos presenta Florencia Herrera y Bernardita Ojeda, narra la historia de una perrita salchicha llamada Adela, quien comienza a vivir diversos incidentes fuera de lo común; se pierden sus calcetines rojos y otros objetos cotidianos, se esfuma su lugar de trabajo  e  incluso ya no encuentra a su mejor amiga Valentina.
Por fin Adela descubre que las cosas no estaban desapareciendo, sino más bien es ella quien ya no las puede ver. Así es entonces, como comienza a reencontrarse con todo aquello que sus ojos no podían encontrar; sus calcetines rojos los descubre gracias a sus manos, a Valentina puede recocerla por su dulce y grave voz y su lugar de trabajo ahora puede hallarlo siguiendo los deliciosos y particulares aromas que lo rodean.
Ahora Adela puede dormir tranquila y soñar de vez en cuando que puede volar.
Javiera Warnier


jueves, 11 de agosto de 2016

Recomendamos estos libros publicados desde fines del 2015 hasta el día de hoy.
Sus autores son papás, mamás, ex alumna y ex apoderados del jardín Azulillo!










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miércoles, 5 de agosto de 2015




Hilderita y Maximiliano      
Fernando Krahn
Kalandraka, 2004

Hace algunos días unos amigos le regalaron a Crescente, nuestro hijo mayor, un libro que, a pesar de su antigüedad, creo que vale la pena recomendar. La entrañable historia que el gran artista e ilustrador chileno Fernando Krahn (1935-2010) publicó por primera vez ya en el año 1968, Hilderita y Maximiliano, nos transmite un mensaje especialmente valioso a los padres y a nuestros hijos en la actualidad, considerando que nuestras familias se desenvuelven en una sociedad que cada vez se hace más competitiva, ambiciosa y exitista.
Los protagonistas del cuento son una pareja de chinitas que se enamoran a primera vista y pasan sus días disfrutando de la vida, hasta que deciden casarse y celebrar su matrimonio con una fiesta. Como Marqués y Marquesa, Hilderita y Maximiliano se despiden de su antigua vida y de sus amigos para emprender un largo viaje volando por los aires, pretendiendo llegar hasta la Luna. Sin embargo, las nubes y las tormentas no tardan en presentarse, así que se ven obligados a interrumpir su vuelo para protegerse en la rama de un árbol. Cuando pasa el mal tiempo, una estrella les comunica que pronto se convertirán en papá y mamá. Tras el nacimiento de sus diez chinitas, Hilderita y Maximiliano olvidan por completo su viaje a la Luna, porque encuentran la felicidad volando de rama en rama, de árbol en árbol, a pocos metros de la tierra, con toda su prole.
Mientras leíamos el cuento junto a Crescente, mi marido y yo empezamos a intercambiar miradas de sorpresa, porque nos sentimos cercanamente identificados con la historia de esta pareja de chinitas: empezamos a pololear muy jóvenes, viajamos, fuimos a fiestas y gozamos despreocupadamente de todo lo que vida nos ofrecía. Después nos casamos y también decidimos emprender un viaje y dejar nuestra vida aquí para ir a estudiar al extranjero, sintiendo que éramos libres y que podíamos llegar muy lejos. En Barcelona las fiestas, los viajes y los amigos se multiplicaron, y a pesar de que tampoco tardaron en aparecer contratiempos, sentimos que era el momento de tener hijos. Con el nacimiento de Crescente la vida nos cambió abruptamente, como nos pasa a todos. Al principio pensamos que las fiestas, los viajes, los amigos y los libros habían desaparecido como por arte de magia, y que todo había llegado a su fin. Pero a medida de que pasaron los meses de pronto nos dimos cuenta de que el mundo seguía intacto y que éramos nosotros los que nos habíamos olvidado de todo lo demás; de que esos primeros meses -tan maravillosos como intensos- del puerperio, no eran un paréntesis en nuestro viaje, porque ya no pretendíamos llegar a ninguna otra parte, experimentando con ello una real sensación de libertad frente a cualquier límite u objetivo impuesto… estábamos donde teníamos y queríamos estar, haciendo lo que teníamos y queríamos hacer, sin importar en qué latitud del universo, porque nos habíamos encontrado a nosotros mismos y nuestra vida había cobrado pleno sentido.
La historia narrada e ilustrada por Fernando Krahn, Hilderita y Maximiliano, no nos habla del “sacrificio” o la “renuncia total” con que muchas veces se apellida injustamente la paternidad y la maternidad, sino que, desde la otra orilla, describe con sutileza el modo en que la generosa entrega y el amor absoluto que los hijos despiertan en sus padres nos permiten habitar una dimensión sin límites ni fronteras. Leer y mirar este cuento con nuestros niños nos abre a la posibilidad de expresarles y agradecerles a ellos la extraordinaria experiencia de transformación que su llegada ha traído a nuestras vidas.

Daniela Picón. Mamá de Crescente y Olivia Ugalde.


lunes, 29 de junio de 2015

Niño Gaspar, que viene del mar
Eduardo Guerrero del Río
Recrea Libros, 2014

Hace muchísimos años, una “adivina” me señaló que yo iba a ganar mucho dinero si me dedicaba a escribir literatura infantil. Pasaron los años, publiqué varios libros (entre ellos, tres de poesía) y no me animaba a hacerle caso a la adivina. Cuando nació mi primer nieto, Cristóbal, hace ocho años, escribí una especie de diario de vida, “Confesiones a mi nieto” (publicado en una edición reservada), en el que día tras día, desde su primer día de vida hasta que cumplió un año, le contaba sobre su crecimiento, sobre mi vida y sobre lo que estaba pasando en el mundo.  Y cinco años después, nace Gaspar, en ese momento mi tercer nieto. Nace en el agua, en un parto que ocasionó un cierto revuelo y que, incluso, tuvo una cobertura en la televisión. Y comencé a escribir mi primer libro de poesía infantil, “Niño Gaspar, que viene del mar”, compuesto por treinta poemas hermosamente ilustrados por Maritza Piña. En este poemario, escrito con el amor de abuelo, se entrecruzan algunas preocupaciones de mi vida de escritor, fundamentalmente la que se relaciona con el tema del lenguaje, con lo lúdico, con el juego de las palabras y de las imágenes. Sin duda, ha sido una experiencia más que gratificante, incluyendo la publicación en una editorial especializada en literatura infantil; el hermoso lanzamiento realizado el año pasado en el Instituto Cultural de Las Condes, en donde participaron mis dos nietos mayores (Cristóbal y Agustín) leyendo algunos poemas, en donde mi hija Macarena preparó una intervención teatral, en donde la premiada poetisa María José Ferrada dijo hermosas palabras y en donde por más de una hora estuve firmando libros para una audiencia infantil. Al principio, no tenía mayor conciencia de por qué el título del libro, más allá del aspecto fónico, de la rima entre Gaspar y mar; después, me di cuenta de que reflejaba el propio nacimiento de mi nieto, que sale del mar para llegar a irradiar ternura y alegría a quienes lo queremos. Espero que esta experiencia de escribir para niños continúe. Lo que sí me ha sorprendido mucho es la acogida que ha tenido este poemario, sobre todo por niños que les piden a sus madres que les lean los poemas. Por tanto, esta es una invitación para que conozcan este libro nacido no solo de mi interés por la escritura sino más que nada, nacido del amor.

Eduardo Guerrero del Río

Abuelo de Gaspar Guerrero

martes, 16 de junio de 2015



Cuentos sobre lo diferente

Casualmente, durante dos semanas consecutivas, mi hija trajo a la casa dos libros que trataban de lo mismo: la reacción de las personas ante aquel que se nos aparece como venido de “afuera”.

En “La otra orilla” de Marta Carrasco, los niños deciden conocerse pese a estar separados por un río y pertenecer a pueblos distintos. Son latinos y europeos que poseen algunas diferencias raciales y culturales, pero también algunas similitudes fundamentales. El sentimiento que parece animar a los padres es el miedo, atribuyédole al de la otra orilla todo tipo de connotaciones negativas que sólo pueden verse desmentidas en la posibilidad de un encuentro donde quepa la intimidad.

En “El sapo y el forastero” de Max Velthuijs, los animales  hacen lo posible por expulsar a un recién llegado al que le suponen los males del infierno. Sus supuestas costumbres echarían a perder las supuestas idoneidades del pueblo. Sólo el sapo hace caso omiso de las advertencias y con cautela se acerca al extranjero, descubriendo en él las diferentes texturas de quien se ha abierto al mundo y que, por ende, ya ni siquiera se ofende demasiado con los rechazos  pues probablemente los entiende como ignorancias pueblerinas. Los aportes de este ratón afuerino terminan por permear las rigideces del pueblo, pero él debe a su vez seguir su camino.

Mis hijas tienden a ser conservadoras, les gustan las rutinas, las comidas conocidas, escuchan discos hasta rayarlos y ven películas hasta memorizarlas. En fin, no me parece que por el sólo hecho de ser niñas les sea fácil lidiar con la novedad. Sin embargo, porque todos hemnos sido testigos de cómo esas tendencias pueden permanecer inmutables en un ciudadano adulto, es que creo en el valor de intentar trabajar esta musculatura desde la infancia. Pequeñas experiencias de diversidad, invitaciones sin presión a vivenciar lo nuevo, conversaciones sobre tener ganas de rechazar y al mismo tiempo de temor a ser rechazado, cuentos que los ayuden a identificarse con ambos lados de un encuentro entre distintos, me parecen oportunidades particularmente nutritivas para remover ese deseo aparentemente tranquilizador de quedarnos en la comodidad de lo conocido.


Por  Monica Vergara, psicòloga y mamá de Beatriz y Camila Contreras.  


miércoles, 12 de noviembre de 2014


El árbol de los recuerdos
Max se va

Llegó por correo, lo que duplica la emoción, un libro maravilloso de la alemana Britta Teckentrup, ilustradora que vive en Berlín, autora de más de cuarenta libros para niños. Es la edición en inglés, The Memory Tree; ya la tradujo como El árbol de los recuerdos la editorial Nube Ocho, que tiene en su catálogo varios libros para niños desde tres años sobre experiencias como la falta, el aburrimiento, la tristeza.
Un zorro que ama la vida sabe que debe morir, y se tumba en un claro del bosque. Lo cubre la nieve. Baja un búho, que llora por perder a su amigo. De a uno van llegando los animales, están tristes y lo recuerdan contando sus momentos felices y cotidianos. Lo extrañan. Entonces, en el lugar donde se tendió el zorro brota un árbol. Es naranjo, como el zorro; mientras más lo recuerdan, el árbol crece hasta ser el más lindo del bosque y cobijar a todos los animales.
El libro de partida acepta la muerte y ante la pérdida habla, comparte; si el amor supera la tristeza, pasan las penas; si hablamos entre todos, construimos armónicamente. Pensar en la muerte, en lo que no tendremos, es difícil, pero juntos nos afirmamos. Con las palabras y con los demás, la muerte es renacer, no una terminación sino una entrega a la vida de todos, de todo.
La enseñanza de este libro precioso me hace recordar uno opuesto, Max se va, de Erio Gherg y Jörg (Takatuka), menos bonito pero no por eso menos admirable.  Explica algo más difícil aún, la injusticia y la necesidad de irse, de romper con los demás. Después de ser acusado de haberse comido al mejor amigo del pato, un guarisapo –que nunca fue comido, sólo se hacía vuelto sapo–, el cuervo es juzgado por el rumor general (chancho, caballo, vaca, oveja, perro; miran a lo lejos un gato y un topo) y encerrado en la jaula del conejo. Días después se dan cuenta de que es inocente y lo liberan, pero Max se va. Es una gran felicidad cuando Max se libera y se va.

Por Marcela Fuentealba, mamá de Josefa, periodista y editora de Hueders Libros

http://www.brittateckentrup.com/old_website/news.htm
http://nubeocho.com/index.php/es/


domingo, 22 de junio de 2014

martes, 20 de mayo de 2014


“El Sapo y la canción del Mirlo” Max Velthuijs
Sobre hechos de la vida y sentimientos difíciles
Mi hija trajo a la casa el libro “El Sapo y la canción del Mirlo” de Max Velthuijs. Como siempre, quiso que se lo leyera de inmediato y al hacerlo me encontré con una situación para nada nueva, pero que esta vez me dejó pensando. El cuento trata sobre un Mirlo que aparece tendido en el pasto y que es encontrado por animales que se preguntan qué le habrá pasado. Enseguida pensé que el pajarito estaba muerto, pero tenía la extraña esperanza de que no fuera así. En concordancia con mi sentimiento, los animales del cuento piensan que tal vez está durmiendo, o que se encuentra enfermo, y sólo el último se acerca para anunciar con toda naturalidad que el Mirlo estaba muerto y que debían enterrarlo.
Confieso que mientras lo leía pensaba, casi sin darme cuenta, si podría encontrar una palabra que “suavizara” la palabra muerte en caso que ese fuera el desenlace y, claro, me resultaba espontáneo porque más de una vez lo había hecho en algún relato que me había parecido poco adecuado para la edad de mi hija. No hubo necesidad porque la Beatriz se adelantó y ella misma dijo “el pajarito está muerto mamá”. Sentí alivio de no haber alcanzado a deformar el cuento, pero me quedé con la impresión de haberme complicado más de la cuenta. Y quizás me compliqué porque hablar de la muerte no dista mucho de hablar de sexualidad, que aún estando en las antípodas, uno es el límite de la vida y el otro en el comienzo de la misma, ambos parecen inquietarnos al momento de hablarlos con nuestros hijos. Se nos dice que los tratemos con naturalidad, que respondamos aquello que nos pregunten con verdad y acotándolo a lo preguntado, pero lo cierto es que (al menos es lo que yo pienso) se trata probablemente de algunos de los temas más enormes de la vida y sobre los cuales los hombres y mujeres nos interrogamos desde el principio de los tiempos.
En el cuento los animales se entristecen, lo entierran cariñosamente y luego, de un modo profundamente infantil, en el mejor sentido de la palabra, deciden irse a jugar pues la vida vale la pena de ser vivida. Me pareció una solución ingenua para mis cánones adultos, pero al mismo tiempo propone un devenir circular donde la vida y la muerte se alternan para ofrecer siempre nuevas oportunidades para no quedar detenidos en la melancolía.
Quizás el temor es a interrumpir, truncar o torcer la idea de una infancia libre de sentimientos difíciles, como si nuestras hijas e hijos no estuvieran familiarizados con el sufrimiento. Pero lo están; incluso si todo ha resultado más o menos bien, igualmente la vida los envuelve de experiencias profundas: las ansiedades de separación, la pérdida, los celos, las envidias, la exclusión, en fin. Nuestros niños no necesitan ser abstractos para ser profundos y tal vez nuestra tarea es encontrar modos particulares de ir acompañándolos y no subestimándolos en esta carrera sin vuelta de complejización de su vida emocional.

Mónica Vergara Monte-Alegre, mamá de Beatriz Contreras, Psicóloga clínica.