jueves, 20 de abril de 2017
jueves, 11 de agosto de 2016
miércoles, 5 de agosto de 2015
Hilderita y Maximiliano
Fernando Krahn
Kalandraka, 2004
Hace algunos días
unos amigos le regalaron a Crescente, nuestro hijo mayor, un libro que, a pesar
de su antigüedad, creo que vale la pena recomendar. La entrañable historia que
el gran artista e ilustrador chileno Fernando Krahn (1935-2010) publicó por
primera vez ya en el año 1968, Hilderita
y Maximiliano, nos transmite un mensaje especialmente valioso a los padres
y a nuestros hijos en la actualidad, considerando que nuestras familias se
desenvuelven en una sociedad que cada vez se hace más competitiva, ambiciosa y
exitista.
Los protagonistas
del cuento son una pareja de chinitas que se enamoran a primera vista y pasan
sus días disfrutando de la vida, hasta que deciden casarse y celebrar su
matrimonio con una fiesta. Como Marqués y Marquesa, Hilderita y Maximiliano se
despiden de su antigua vida y de sus amigos para emprender un largo viaje
volando por los aires, pretendiendo llegar hasta la Luna. Sin embargo, las
nubes y las tormentas no tardan en presentarse, así que se ven obligados a interrumpir
su vuelo para protegerse en la rama de un árbol. Cuando pasa el mal tiempo, una
estrella les comunica que pronto se convertirán en papá y mamá. Tras el
nacimiento de sus diez chinitas, Hilderita y Maximiliano olvidan por completo
su viaje a la Luna, porque encuentran la felicidad volando de rama en rama, de
árbol en árbol, a pocos metros de la tierra, con toda su prole.
Mientras leíamos el
cuento junto a Crescente, mi marido y yo empezamos a intercambiar miradas de
sorpresa, porque nos sentimos cercanamente identificados con la historia de
esta pareja de chinitas: empezamos a pololear muy jóvenes, viajamos, fuimos a
fiestas y gozamos despreocupadamente de todo lo que vida nos ofrecía. Después
nos casamos y también decidimos emprender un viaje y dejar nuestra vida aquí
para ir a estudiar al extranjero, sintiendo que éramos libres y que podíamos
llegar muy lejos. En Barcelona las fiestas, los viajes y los amigos se
multiplicaron, y a pesar de que tampoco tardaron en aparecer contratiempos, sentimos
que era el momento de tener hijos. Con el nacimiento de Crescente la vida nos
cambió abruptamente, como nos pasa a todos. Al principio pensamos que las fiestas,
los viajes, los amigos y los libros habían desaparecido como por arte de magia,
y que todo había llegado a su fin. Pero a medida de que pasaron los meses de
pronto nos dimos cuenta de que el mundo seguía intacto y que éramos nosotros
los que nos habíamos olvidado de todo lo demás; de que esos primeros meses -tan
maravillosos como intensos- del puerperio, no eran un paréntesis en nuestro
viaje, porque ya no pretendíamos llegar a ninguna otra parte, experimentando con
ello una real sensación de libertad frente a cualquier límite u objetivo impuesto…
estábamos donde teníamos y queríamos estar, haciendo lo que teníamos y
queríamos hacer, sin importar en qué latitud del universo, porque nos habíamos
encontrado a nosotros mismos y nuestra vida había cobrado pleno sentido.
La historia narrada
e ilustrada por Fernando Krahn, Hilderita
y Maximiliano, no nos habla del “sacrificio” o la “renuncia total” con que
muchas veces se apellida injustamente la paternidad y la maternidad, sino que,
desde la otra orilla, describe con sutileza el modo en que la generosa entrega
y el amor absoluto que los hijos despiertan en sus padres nos permiten habitar
una dimensión sin límites ni fronteras. Leer y mirar este cuento con nuestros
niños nos abre a la posibilidad de expresarles y agradecerles a ellos la
extraordinaria experiencia de transformación que su llegada ha traído a
nuestras vidas.
Daniela Picón. Mamá
de Crescente y Olivia Ugalde.
lunes, 29 de junio de 2015
Niño Gaspar, que viene del mar
Eduardo Guerrero del Río
Recrea Libros, 2014
Hace
muchísimos años, una “adivina” me señaló que yo iba a ganar mucho dinero si me
dedicaba a escribir literatura infantil. Pasaron los años, publiqué varios
libros (entre ellos, tres de poesía) y no me animaba a hacerle caso a la
adivina. Cuando nació mi primer nieto, Cristóbal, hace ocho años, escribí una
especie de diario de vida, “Confesiones a mi nieto” (publicado en una edición
reservada), en el que día tras día, desde su primer día de vida hasta que
cumplió un año, le contaba sobre su crecimiento, sobre mi vida y sobre lo que
estaba pasando en el mundo. Y cinco años
después, nace Gaspar, en ese momento mi tercer nieto. Nace en el agua, en un
parto que ocasionó un cierto revuelo y que, incluso, tuvo una cobertura en la
televisión. Y comencé a escribir mi primer libro de poesía infantil, “Niño
Gaspar, que viene del mar”, compuesto por treinta poemas hermosamente
ilustrados por Maritza Piña. En este poemario, escrito con el amor de abuelo,
se entrecruzan algunas preocupaciones de mi vida de escritor, fundamentalmente
la que se relaciona con el tema del lenguaje, con lo lúdico, con el juego de
las palabras y de las imágenes. Sin duda, ha sido una experiencia más que
gratificante, incluyendo la publicación en una editorial especializada en
literatura infantil; el hermoso lanzamiento realizado el año pasado en el
Instituto Cultural de Las Condes, en donde participaron mis dos nietos mayores (Cristóbal
y Agustín) leyendo algunos poemas, en donde mi hija Macarena preparó una
intervención teatral, en donde la premiada poetisa María José Ferrada dijo
hermosas palabras y en donde por más de una hora estuve firmando libros para
una audiencia infantil. Al principio, no tenía mayor conciencia de por qué el
título del libro, más allá del aspecto fónico, de la rima entre Gaspar y mar;
después, me di cuenta de que reflejaba el propio nacimiento de mi nieto, que
sale del mar para llegar a irradiar ternura y alegría a quienes lo queremos.
Espero que esta experiencia de escribir para niños continúe. Lo que sí me ha
sorprendido mucho es la acogida que ha tenido este poemario, sobre todo por
niños que les piden a sus madres que les lean los poemas. Por tanto, esta es
una invitación para que conozcan este libro nacido no solo de mi interés por la
escritura sino más que nada, nacido del amor.
Eduardo
Guerrero del Río
Abuelo
de Gaspar Guerrero
martes, 16 de junio de 2015
Cuentos sobre lo diferente
Casualmente,
durante dos semanas consecutivas, mi hija trajo a la casa dos libros que
trataban de lo mismo: la reacción de las personas ante aquel que se nos aparece
como venido de “afuera”.
En “La otra
orilla” de Marta Carrasco, los niños deciden conocerse pese a estar separados
por un río y pertenecer a pueblos distintos. Son latinos y europeos que poseen
algunas diferencias raciales y culturales, pero también algunas similitudes
fundamentales. El sentimiento que parece animar a los padres es el miedo,
atribuyédole al de la otra orilla todo tipo de connotaciones negativas que sólo
pueden verse desmentidas en la posibilidad de un encuentro donde quepa la
intimidad.
En “El sapo y el
forastero” de Max Velthuijs, los animales
hacen lo posible por expulsar a un recién llegado al que le suponen los
males del infierno. Sus supuestas costumbres echarían a perder las supuestas
idoneidades del pueblo. Sólo el sapo hace caso omiso de las advertencias y con
cautela se acerca al extranjero, descubriendo en él las diferentes texturas de
quien se ha abierto al mundo y que, por ende, ya ni siquiera se ofende
demasiado con los rechazos pues
probablemente los entiende como ignorancias pueblerinas. Los aportes de este
ratón afuerino terminan por permear las rigideces del pueblo, pero él debe a su
vez seguir su camino.
Mis hijas
tienden a ser conservadoras, les gustan las rutinas, las comidas conocidas,
escuchan discos hasta rayarlos y ven películas hasta memorizarlas. En fin, no
me parece que por el sólo hecho de ser niñas les sea fácil lidiar con la
novedad. Sin embargo, porque todos hemnos sido testigos de cómo esas tendencias
pueden permanecer inmutables en un ciudadano adulto, es que creo en el valor de
intentar trabajar esta musculatura desde la infancia. Pequeñas experiencias de
diversidad, invitaciones sin presión a vivenciar lo nuevo, conversaciones sobre
tener ganas de rechazar y al mismo tiempo de temor a ser rechazado, cuentos que
los ayuden a identificarse con ambos lados de un encuentro entre distintos, me
parecen oportunidades particularmente nutritivas para remover ese deseo
aparentemente tranquilizador de quedarnos en la comodidad de lo conocido.
Por Monica Vergara, psicòloga y mamá de Beatriz y Camila Contreras.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
El árbol de los recuerdos
Max se va
Max se va
Llegó por correo, lo que duplica la emoción, un libro
maravilloso de la alemana Britta Teckentrup,
ilustradora que vive en Berlín, autora de más de cuarenta libros para niños. Es
la edición en inglés, The Memory Tree;
ya la tradujo como El árbol de los
recuerdos la editorial Nube
Ocho, que tiene en su catálogo varios libros para niños desde tres años
sobre experiencias como la falta, el aburrimiento, la tristeza.
Un zorro que ama la vida sabe que debe morir, y se tumba en
un claro del bosque. Lo cubre la nieve. Baja un búho, que llora por perder a su
amigo. De a uno van llegando los animales, están tristes y lo recuerdan
contando sus momentos felices y cotidianos. Lo extrañan. Entonces, en el lugar
donde se tendió el zorro brota un árbol. Es naranjo, como el zorro; mientras
más lo recuerdan, el árbol crece hasta ser el más lindo del bosque y cobijar a
todos los animales.
El libro de partida acepta la muerte y ante la pérdida
habla, comparte; si el amor supera la tristeza, pasan las penas; si hablamos
entre todos, construimos armónicamente. Pensar en la muerte, en lo que no
tendremos, es difícil, pero juntos nos afirmamos. Con las palabras y con los
demás, la muerte es renacer, no una terminación sino una entrega a la vida de
todos, de todo.
La enseñanza de este libro precioso me hace recordar uno
opuesto, Max se va, de Erio Gherg y Jörg
(Takatuka), menos bonito pero no por eso menos admirable. Explica algo más difícil aún, la injusticia y
la necesidad de irse, de romper con los demás. Después de ser acusado de
haberse comido al mejor amigo del pato, un guarisapo –que nunca fue comido,
sólo se hacía vuelto sapo–, el cuervo es juzgado por el rumor general (chancho,
caballo, vaca, oveja, perro; miran a lo lejos un gato y un topo) y encerrado en
la jaula del conejo. Días después se dan cuenta de que es inocente y lo
liberan, pero Max se va. Es una gran felicidad cuando Max se libera y se va.
http://www.brittateckentrup.com/old_website/news.htm
http://nubeocho.com/index.php/es/
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